Los primeros musulmanes

La historia de la llegada de los musulmanes al Perú suele circunscribirse a las oleadas migratorias llevadas a cabo a partir del siglo XIX hasta el siglo XX. Sin embargo, debe tenerse muy en cuenta migraciones anteriores a éstas y para ello debemos intentar retroceder en el tiempo, hasta el siglo XV.

Desde el año 711, comienza formalmente una nueva época para la península ibérica, al recibir la llegada de los primeros musulmanes al mando del comandante bereber Tariq ben Ziyad. Esta noción tradicional y ampliamente difundida por la historiografía occidental ha sido rebatida por el historiador Ignacio Olagüe, quien afirma - en lo referente a la entrada del Islam en Andalucía- que no fue por invasión alguna de árabes, sino más bien a través de una lenta asimilación de unas ideas revolucionarias que llegaban de oriente hasta los puertos andaluces en los intercambios comerciales, especialmente en la Andalucía oriental (Almería, Murcia y Málaga), las primeras en islamizarse en el S.VIII. El Islam era desconocido en la parte occidental de Andalucía (Córdoba y Sevilla), hasta el S.IX. En este sentido, nunca ha debido hablarse de invasión islámica de España ("La Revolución Islámica en Occidente" de Ignacio Olagüe).

La permanencia islámica en tierras ibéricas dura casi 8 siglos (más de lo que tiene de vida la España católica actualmente), tiempo en el cual existió una notable convivencia entre las diferentes culturas y creencias: musulmana, cristiana y judía. Aunque, de más está decir, el modo de vida arabo-islámico primaba en todo ámbito de la vida: el uso de la lengua del Corán, el árabe (las obras de estudiosos de cualquier religión se encontraban en árabe); la arquitectura; la vida literaria y académica, en general; las comidas y los nombres, etc.

Luego de la caída del último reducto musulmán en Granada, en 1492 comienza la expulsión - a cargo de los Reyes Católicos- de la población musulmana y judía. Aunque algunos musulmanes optaron por la conversión forzada como medio para permanecer en el país (su propio país, así como país de sus padres), muchos de ellos decidieron salir y llegar a tierras musulmanas.

En esos años, la euforia por la guerra conllevó también a una euforia religiosa dentro del catolicismo, materializada en los Tribunales de la Inquisición. Martín Jaime Ballero, en su tesis sobre la Metafísica del Poder Excursus Histórico sobre la Identidad Cultural a Partir de Estudios de La Producción y Reproducción del Capital Religioso de las Comunidades Judía e Islámica en Lima, menciona que la gran ofensiva inquisitorial se dio en el año 1492 llegando a “433 relajados (quemados) en persona, relajados en efigie y reconciliados en un año”.

Así, con la llegada de los barcos españoles a América, desembarcan también esos musulmanes supuestamente conversos. Este hecho generó una gran preocupación en las autoridades españolas, como se puede desprender de la Real Cédula de 1501, por la cual la Reina Católica instruye a su enviado Fray Nicolás de Obando: “No consentiréis ni daréis lugar que allá vayan moros ni judíos, ni herejes ni reconciliados ni personas nuevamente convertidas a nuestra Fe, salvo si fuese esclavos negros...”.

A pesar de estos hechos los musulmanes llegados a América legaron mucho de su arte. Por ejemplo, hasta ahora se pueden observar en la ciudad de Lima (e iniciadas en la Lima colonial) construcciones con diseños mudéjares, tales como las casonas de dos plantas, organizadas como habitaciones en cuadrángulo y abiertas hacia un patio interior cuadrado al que se llega a través de un zaguán acoderado, denotando claramente su origen andaluz.


Pasadizo de la Casona donde funciona

el Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú

En cuanto a comida, podemos aún deleitarnos con mazapanes, turrones, alfeñiques y mazamorras (derivado de masa mora), entre otros. Y en música, la Zarabanda y las Zambras. No cabe olvidar el origen de muchos apellidos.

La migración islámica no termina ahí. Muchos de los esclavos que eran traídos de la costa occidental africana eran musulmanes, a los que de mil formas apagaron su fe y la de sus descendientes nacidos en el Perú.

Migración desde Medio Oriente

Si bien, como se ha visto, los musulmanes llegaron ya hacía varios siglos, la más palpable migración musulmana es la que se dio durante finales del siglo XIX y durante el siglo XX.

El Califato Otomano que había empezado a sufrir los embates de la usura occidental, dominaba gran parte del Medio Oriente árabe. Muchos de los musulmanes árabes que vivían bajo el gobierno califal, ante la decadencia otomana (que coincidía, asimismo, con el ataque napoleónico a Egipto y el avance del colonialismo europeo), decidieron emigrar a América en busca de mejores oportunidades de vida. Así, llegan al Perú viajando, en su ruta a América, por los puertos nor africanos del Mediterráneo, atravesando el océano Atlántico y el Canal de Panamá, hasta llegar al puerto del Callao.


Inmigrantes de los territorios turcos (Foto: Caretas)

La cantidad de emigrantes, tal como lo hace notar el investigador Martín Jaime Ballero, no es exacta, pero incluía a libaneses, sirios y palestinos, quienes llegan en gran medida desde 1904 a 1925. El 90% eran comerciantes y con el paso de los años perdieron su identidad religiosa, mezclándose finalmente con la sociedad peruana. Debe recordarse que gran parte de la población de origen árabe son católicos y ortodoxos, pero cuyos padres fueron originalmente musulmanes.

La segunda oleada migratoria de árabes musulmanes se da a partir de 1948, cuando se crea el Estado de Israel y se inicia el triste y sangriento período de traslado de los refugiados ante la ocupación de sus hogares por parte de la entidad sionista. Igual que el primer grupo de musulmanes que llegó a principios del siglo XX, los recién llegados eran comerciantes. Aunque también han tenido que enfrentar los problemas para preservar su identidad religiosa (muchas de las generaciones posteriores han perdido el Islam de sus padres), son ellos los que lograron establecer el primer centro religioso islámico en el Perú, 40 años después. El Centro Islámico, en la actualidad, se ubica en el distrito de Magdalena del Mar, en la ciudad de Lima. La llegada de musulmanes provenientes de Marruecos, Egipto, Pakistán y Bangla Desh, así como las conversiones, han ampliado el crisol diverso del Islam.

Última Migración

Algo distinto con respecto a anteriores migraciones fue la que se dio en el departamento de Tacna, al sur peruano, en la frontera con Chile. Al llevarse a cabo la apertura para la importación de autos usados en la ciudad de Tacna, comienzan a llegar comerciantes musulmanes de origen pakistaní, los que en muy poco tiempo alquilaron una casa que fungió de Mezquita, además de tener diversas musallas en sus lugares de trabajo. La actual mezquita, con un extraordinario diseño que embellece la ciudad, fue terminada hace cerca de 4 años. La comunidad musulmana llegó a tener poco más de 600 miembros, número que ha ido disminuyendo paulatinamente por el cambio de la política económica y que ha motivado la emigración por razones comerciales. A pesar de ello, muchos musulmanes pakistaníes permanecen en el Perú, con familias establecidas en Tacna y forman parte activa de la vida económica de la ciudad. Igual que la herencia árabe en nuestra comida, la comida pakistaní se ha hecho popular gracias a los tres restaurantes que existen en la ciudad, propiedad de musulmanes de esa nacionalidad y que -además- proveen de productos halal a la comunidad.

Actualmente hay cerca de 300 musulmanes pakistaníes, recalcando el número elevado de conversiones, en especial de mujeres. También hay inmigrantes de India, algunos países árabes, así como chilenos y colombianos.

Musulmanes Oriundos del Perú

Las conversiones en el Perú no resultan ser algo nuevo, aunque haya sido muy escasa en los primeros años de las migraciones hasta los últimos 10 años. Uno de los primeros musulmanes peruanos tomó el Islam hace 28 años (paradójicamente aceptó el Islam en Venezuela, donde ya existía una comunidad islámica), siendo también uno de los primeros en realizar la peregrinación a la Ciudad Sagrada de La Meca.

Paulatinamente, dentro del lapso de los últimos 10 años, varios jóvenes peruanos comenzaron a acercarse al Islam, algunos de los cuales participaron en el establecimiento de la Mezquita An Nur, ubicada en el distrito de Breña en la ciudad de Lima, que tuvo un año de existencia y que atrajo al Islam a muchas personas.

A pesar de los terribles acontecimientos de septiembre del año 2001, las conversiones de peruanos- luego de esa fecha- alcanzaron niveles mayores a cualquier otra época, siendo en la actualidad el grupo de mayor actividad. Tal vez, para muchos peruanos (e hispanoamericanos), esta conversión sea únicamente cerrar el círculo, que permaneció abierto durante siglos, con su pasado islámico.

El Futuro

En los últimos años, el trabajo de difusión del Islam -tanto en la ciudad de Lima como en Tacna- ha aumentado progresivamente, de la mano de la primera generación de musulmanes conversos y de muchos descendientes. Así, podemos decir que se ha iniciado una nueva etapa del Islam en el Perú, con un trabajo conjunto entre musulmanes de diferentes orígenes, en un esfuerzo por presentar el Islam a la población peruana y latinoamericana, en general.

El

término mudéjar (del árabe mudayyan, que significa "aquél a quien ha sido permitido quedarse"), es un vocablo utilizado por los historiadores para referirse a los moros sometidos en la reconquista española, que permanecen en territorio cristiano, conservando su religión, cultura, costumbres y un status jurídico propio.

Para Gonzalo Borrás “el arte es ante todo la expresión artística de una sociedad. El mudéjar no es otra cosa que la expresión artística de la sociedad medieval española, en la que conviven cristianos, moros y judíos”. En su formación y desarrollo hubo una serie de factores que posibilitaron su nacimiento como la fascinación de la sociedad cristiana ante las creaciones artísticas del Islam y el proceso histórico de la reconquista que, por producirse de forma graduada (Toledo en 1085, Granada en 1492) creará una gran diversidad dentro del arte mudéjar de cada zona, y una continua influencia en los territorios conquistados de los aún no conquistados de Al- Andalus.

El arte mudéjar constituye algo peculiarmente español. Es el resultado de la peculiar trayectoria de la historia de España, a la vez que la perfecta expresión plástica de la estructura social de su época.

Borrás defiende el mudéjar como un enclave cultural islámico en territorio cristiano, lo defiende como algo autónomo.

El influjo musulmán en el arte mudéjar no solo está en la ornamentación, sino

también en estructuras arquitectónicas, como son las torres campanarios y las armaduras de las cubiertas.

La interpretación del arte mudéjar ha sido muy contradictoria, dependiendo del punto de vista del que han partido los críticos de arte. Unos lo sitúan dentro del arte hispanomusulmán, como el último capitulo, olvidando de que es una manifestación artística hecha no en territorio musulmán, sino cristiano. Otros lo han considerado como parte del arte occidental cristiano con rasgos o influencias islámicas. Esta postura ha infravalorado el arte mudéjar.

María Angeles Toajas Roger nos define así el término mudéjar: “Denominación aplicada a un heterogéneo conjunto de manifestaciones artísticas hispánicas en las que, en diferentes aspectos y en distintas medidas, se muestra la persistencia del arte hispanomusulmán en obras de ejecución, función o concepción cristianas u occidentales.

El arte mudéjar no forma parte del arte cristiano occidental, fundamentalmente por los materiales y técnicas utilizadas, que se integran en un sistema de trabajo diferente al de cantería.Tampoco pertenece a la historia del arte hispanomusulmán: ha desaparecido el dominio político-religioso islámico, ahora sustituido por el cristianismo.

La primitiva herencia islámica se convierte en una manifestación artística nueva, apartándose del soporte étnico mudéjar que la posibilitó, para sobrevivir a la conversión forzosa de las minorías étnicas mudéjares, primero, y la expulsión de los moriscos, más tarde.

Ornamentación en el arte mudéjar

Pueden considerarse como rasgos mudéjares el uso del ladrillo, de la cerámica vidriada y las yeserías como revestimiento y ornamentación de interiores, así como las cubiertas y techumbres de madera decoradas con lacerías o pinturas.

Todo análisis actual de los elementos formales del arte mudéjar debe enfatizar dos extremos:

· 1.- Que la ornamentación no es un elemento secundario sino primordial del arte mudéjar ya que juega el mismo papel que en el arte islámico.

· 2.- Que el arte islámico ha aportado elementos estructurales decisivos a la formación y desarrollo del arte mudéjar.

En la consideración de la ornamentación mudéjar no hay que atender solamente a detectar los motivos formales de la tradición islámica, como son los elementos vegetales estilizados -el ataurique-, los elementos geométricos -los lazos y las estrellas- y los elementos epigráficos árabes -cúficos o nejíes-. Es tan importante como éstos los principios compositivos de la ornamentación islámica, tales como los ritmos repetitivos o el revestimiento total de las superficies. Pero como decimos no sólo se limita a la aportación de elementos ornamentales sino que se extiende a la mímesis de elementos estructurales como pueden ser las numerosas torres-campanario que se encuentran, por ejemplo en la corona de Aragón, formadas por un cuerpo de alminar al que se le ha superpuesto en la parte alta un cuerpo de campanas ; ninguna otra estructura mudéjar refleja de forma tan diáfana la estructura de la sociedad de la época que la creó.

Otro de los elementos estructurales de raigambre islámica, fundamental en el sistema de arquitectura mudéjar, son las armaduras de madera para cubierta, tanto las de par y nudillo como las de limas. Fernando Checa ya subrayó que las armaduras de madera constituyen uno de los hallazgos más felices del arte mudéjar, que además tiene una gran continuación en la arquitectura de la edad moderna tanto en España como en Iberoamérica. Por lo que se refiere a los elementos cristianos del arte mudéjar, con frecuencia sobrevalorados en la historiografía tradicional, se deben en primer lugar a que los comanditarios del arte mudéjar son en su mayoría cristianos y por lo mismo la función arquitectónica y la tipología subsiguiente son cristianas; hay un predominio de la arquitectura religiosa cristiana en el arte mudéjar con las notables excepciones de las sinagogas y mezquitas mudéjares. Si a lo largo de la historia el arte islámico se ha caracterizado por su asombrosa capacidad de asimilación de las formas artísticas de los pueblos dominados, incorporando a la arquitectura islámica numerosas tipologías y formas artísticas de otras culturas, no es de extrañar que sometido ahora al dominio político cristiano la capacidad de adaptación se incremente ; por que ahora, además, ya no se trata de adaptar tipologías artiquectónicas de otras culturas a las funciones arquitectónicas del Islam sino más simplemente de poner un sistema de trabajo musulmán al servicio de unas necesidades y de unos comanditarios cristianos.

Lo que sucede es que el resultado de este trabajo ya no es arte occidental cristiano sino arte mudéjar, porque se produce una nueva expresión artística donde la fusión de los árabe y, en una muy pequeña medida, lo cristiano crea un nuevo estilo.


EL ARTE MUDÉJAR

EN EUROPA Y AMÉRICA

En el prólogo de obra La arquitectura del Islam occidental (Lunwerg/El legado andalusí, Barcelona, 1995), encontramos estas palabras del escritor y periodista Juan Goytisolo (Barcelona, 1931) que son una verdadera introducción al tema del mudejarismo y la convivencia de pueblos, religiones y civilizaciones:

«La cultura española se distingue de las restantes culturas de la actual Europa Comunitaria por su occidentalidad matizada. Si su pertenencia al conjunto no ofrece dudas, brinda no obstante una serie de componentes y rasgos, fruto de su pasado histórico, singulares y únicos. La presencia musulmana en nuestro suelo a lo largo de diez siglos —desde la invasión árabo-bereber del año 711 a la expulsión de los moriscos en 1609—, aunque tenazmente combatida y finalmente extirpada, ha dejado una profunda huella en su lengua, costumbres, modos de vida, arte, literatura.

Los tiempos han cambiado, desde luego, y lo que antes se percibía como ultraje, luego como curiosidad y por fin como valor —una valor perturbador, eso sí, a causa de su naturaleza—, se exhibe hoy en los tratados arquitectónicos, guías artísticas y folletos destinados al turismo como una de "las glorias imperecedera del solar hispano". Aun así, la ocultación continúa pues, como sabemos, la llamada Reconquista se acompañó con una destrucción sistemática de los monumentos musulmanes, tantos civiles como religiosos, como la llevada a cabo en fechas recientes por los griegos en Chipre y los serbios en Bosnia. Según muestra por ejemplo Miguel Barceló, la Isla de Mallorca sufrió las consecuencias de dicho etnocidio purificador y sólo la intervención de Alfonso X salvó a la Giralda de la demolición por el clero (leáse el libro de Ballesteros Beretta sobre el rey Sabio). La hermosura y magnificencia de algunos monumentos célebres hoy en el mundo entero, desde la mezquita omeya de Córdoba al palacio nazarí de la Alhambra, les preservó felizmente de la piqueta y, aunque afectados una y otro por la construcción en el siglo XIV de una capilla real de estilo granadino y la erección del incongruente y severo palacio de Carlos V, siguen brindando a sus visitantes la insólita perfección de su arte. Pero todos los conquistadores incurren en ese género de asimilaciones y afeites y los monarcas aragoneses y castellanos no fueron una excepción. El influjo de la mirada ajena fue decisivo en el cambio de nuestra percepción del legado arquitectónico andalusí. Una antología de los escritos de los viajeros europeos por España desde el siglo XVII hasta comienzos del actual con respecto al tema reflejaría su asombro y maravilla en abrupto contraste con la apatía e indiferencia de los indígenas.

Varias anécdotas recogidas por George Henry Borrow (1803-1881) y Richard Ford (1798-1856) sobre "esas cosillas de los moros" arrojan una luz cruda sobre la hondura del desinterés e ignorancia casi generales del propio pasado, producto de la beligerancia antislámica de la Iglesia y del castizo desdén de los campesinos e hidalgos.

Si la mirada de los demás forma parte del conocimiento integral de nosotros mismos, la de los visitantes franceses, anglosajones y alemanes contribuyó a rectificar poco a poco la visión de las obras de arte islámicas y la escasa atención que merecían. Basta con comparar las increíbles opiniones de un arabista como Francisco Javier Simonet referente a la Alhambra con las de Washington Irving para captar de inmediato el abismo de prejuicios que las separaba. Muy significativamente, las primeras apreciaciones positivas de la España musulmana vinieron de la pluma de los afrancesados y liberales exilados en Londres. Siglos de hostilidad expresa o sorda condenaron a los monumentos conservados a la incuria y vejámenes del tiempo como a los millares de manuscritos arábigos de El Escorial y otras bibliotecas a acumular polvo. El arabismo español no surgiría sino en la segunda mitad del siglo XIX.

Digámoslo bien alto: el complejo de inferioridad acerca del retraso histórico y nuestro pasado árabe ha perdido su razón de ser. En la Europa Comunitaria a la que nos hemos incorporado, nuestra diferencia no ha de ser ya un recordatorio penoso ni causa de frustración: la huella musulmana en nuestro suelo, visible en todos sus ámbitos, es expresión al contrario de una riqueza y originalidad únicas. Ningún país europeo cuenta con un patrimonio como el legado de al-Ándalus y ello no redunda en mengua de nuestro europeísmo. Somos europeos distintos, europeos en más».

La historia nos enseña en efecto que no existen esencias nacionales ni culturas intrínsecamente puras como sostenían los cristianos viejos y sostienen los extremistas serbios de hoy. El mosaico de países que componen el espacio común europeo se ha configurado a lo largo de los siglos con el choque seminal de influencias opuestas, mediante fenómenos de hibridación, permeabilidad, contraste y emulación. La irrupción de lo heterogéneo es a la vez la del espejo en el que nos vemos reflejados y un incentivo imprescindible. Cuanto más viva sea una cultura, mayores serán su apertura y avidez respecto a las demás. Toda cultura es a fin de cuentas la suma total de las influencias que ha recibido.

La experiencia de España —como la del mundo árabe— revela que sus períodos de buena salud y expansión coinciden con los de su receptividad y multiplicación de contactos con lo exterior mientras que los de descaecimiento y postración se caracterizan por la busca baldía de unas "esencias" que constituirían el núcleo de su alma y sin mezclas: ortodoxia nacional y religiosa, autosuficiencia, rechazo de lo extraño, repliegue a valores identificatorios petrificados, miedo obsesivo a la contaminación del vecino.

Cuando se abolió la convivencia medieval y los Reyes Católicos y sus sucesores impusieron una homogeneidad sin grietas, nuestra cultura se transformó en erial. España se desengachó paulatinamente del tren de la historia y se privó hasta fecha reciente del acceso a la modernidad.

Este desdichado ejemplo cifra una amarga lección y advertencia. La Europa Comunitaria no debe adoptar en ningún caso, como propugnan sus ultras, una actitud conservadora fundada en un ámbito cultural estricta y reductivamente europeo, por muy rico y deslumbrador que a primera vista aparezca. Un proyecto cerrado a la movilidad y meztizaje concomitantes a lo moderno nos convertiría en gestores prudentes del pasado, despojándonos de esa curiosidad por lo ajeno que es el rasgo más destacado de los mejores escritores, arquitectos y pintores de nuestro siglo. El extraordinario patrimonio artístico y cultural de al-Ándalus formó parte durante centurias del mundo occidental antes de ser desalojado de él por la nueva idea de Europa, devuelta a sus raíces helénicas sin intermediario de los árabes, forjada en el Renacimiento. Esa Europa inventada a finales del siglo XV separó brutalmente las dos orillas del Mediterráneo y repudió como ajena la realidad cultural que la alimentó durante la Edad Media. Es hora ya, próximos a entrar en el nuevo milenio, de que reincorporemos dicho patrimonio al lugar que le corresponde: como expresión de una occidentalidad distinta, representada por al-Ándalus en el terreno de la arquitectura, filosofía, ciencia y literatura.

Las grandes creaciones omeyas, almorávides, almohades y nazaríes —frutos de los trasvases y corrientes migratorias entre la Península y el actual reino de Marruecos, así como sus ramificaciones magrebíes, sursaharianas y mudéjares—, han de ser vistas hoy como paradigma de una visión ecuménica que incluya a las naciones de diferencia, anomalía, mezcolanza y fecundación».

El arte múdejar, un fenómeno de la España musulmana

Las particulares circunstancias de la historia medieval de España y Portugal, con la presencia del Islam firmemente arraigado en la Península durante ocho siglos, desde la llegada de los musulmanes en marzo de 711 hasta la toma de Granada en enero de 1492, dejaron una huella imborrable en el pueblo español que determinada corriente historiográfica ha minusvalorado sistemáticamente, a pesar de lo cual el célebre historiador Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) se vio obligado a definir a España en un conocido estudio como «Eslabón entre la Cristiandad y el Islam» (Austral, Madrid, 1977).

Durante ocho siglos la Península Ibérica quedó dividida entre la Cristiandad y el Islam, dos culturas enfrentadas política y religiosamente. Pero el análisis de la historia militar de la llamada «Reconquista» ha enmascarado y ocultado, con frecuencia, otra historia de enseñanzas más ricas, la de los contactos culturales entre musulmanes y cristianos. En un primer momento comunidades de cristianos arabizados (mozárabes) y de judíos vivieron como tributarios (dimmíes) bajo la administración musulmana, época en la que numerosos cristianos se convirtieron al Islam (muladíes). Pero después, cuando la balanza política se inclina del lado cristiano con el progresivo avance de norte a sur de castellanos y aragoneses, fueron los musulmanes vencidos (mudéjares) y los judíos quienes vivían como súbditos de los reyes cristianos.

La dificultad de los reinos cristianos del norte peninsular para repoblar los vastos territorios conquistados al Islam y sus incapacidades y limitaciones artísticas y científicas, abocó a una decisión política de profundas consecuencias para la cultura medieval hispánica: autorizar a la población musulmana vencida a quedarse bajo dominio cristiano en los territorios conquistados, conservando la religión islámica, la lengua árabe y una organización jurídica propia teniendo como modelo los parámetros y normas de convivencia del emirato y califato cordobés (716-1031). Son los mudéjares (del árabe mudaÿÿan: "los que se quedaron", o Ahl ad-Daÿn: "Gente que permanece, que se domeña"; por extensión, "domesticados", "domeñados"). Este fenómeno se inicia con la toma de dos importantes urbes por los cristianos: la Toledo andalusí (Tulaitula) en 1085 y Zaragoza (la Saraqusta musulmana) en 1118.

Esta vivencia de los musulmanes vencidos (mudéjares) en tierras de Castilla y Aragón, así como la fascinación de los cristianos por los monumentos islámicos de las ciudades conquistadas, que ven convertidos los alcázares musulmanes en palacios de los reyes cristianos y las mezquitas aljamas en catedrales e iglesias, a lo que se suman las estrechas relaciones que se mantienen con los territorios de al-Ándalus aun no conquistados —basta con mencionar la amistosa y fructífera cooperación entre las cortes de Pedro I (1334-1369, rey de Castilla y León, y el sultán granadino Muhammad V (1338-1391)—, si exceptuamos las intermitencias bélicas, son algunos de los factores que explican el singular fenómeno del arte mudéjar.

Hasta principios del siglo XX, el mudejarismo era una expresión casi desconocida para el gran público, reservada para los eruditos y académicos. Pero, a partir de la aparición de los estudios del historiador de arte mexicano Manuel Toussaint (1890-1955): El arte mudéjar en América (Editorial Porrúa, México, 1946) y del arquitecto e islamólogo español Leopoldo Torres Balbás (1888-1960): Arte almohade, arte nazarí, arte mudéjar, Ars Hispaniae —historia universal del arte hispánico—, vol. 4, Editorial Plus Ultra, Madrid, 1949, el secreto finalmente se reveló y fue conocido por muchos. Lamentablemente, y como era de esperarse conociendo la mentalidad misérrima e hipócrita de la que habla tanto Goytisolo, muchos intelectuales y especialistas españoles, están alarmados ante la inevitable interpretación de que el arte mudéjar —última expresión de la civilización hispanomusulmana—, no es otra cosa que el mal llamado «arte medieval español» y su proyección americana, «el arte colonial español» (denominación igualmente reñida con la verdad). Por eso, intentaron y siguen intentando aun hoy día confundir a los neófitos y desprevenidos, brindándoles dos opciones igualmente falsas:

1. Que el arte mudéjar es parte del arte occidental cristiano, un añadido ornamental de tradición islámica a los estilos románico o gótico; para esta actitud los monumentos mudéjares pertenecen claramente al arte occidental europeo con algunos rasgos o influencias del arte islámico. De esta valoración grosera se deriva la utilización de términos como románico-mudéjar o gótico mudéjar para aludir a unas manifestaciones artísticas, en las que lo estructural y principal se relacionaría siempre con el arte occidental mientras que el aporte musulmán quedaría reducido a elementos ornamentales y secundarios ("esas cosillas de los moros"). Entre los acérrimos defensores de esta teoría se encuentran el filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal, el arabista Francisco Javier Simonet (1829-1897), los arquitectos Vicente Lampérez y Romea (1861-1923) y Fernando Chueca Goitía (Madrid, 1911), y el filólogo y crítico literario Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912); éste último llegó a decir que el arte mudéjar «es el único tipo de construcción peculiarmente español de que podemos envanecernos».

2. Que el arte mudéjar no corresponde, en sentido estricto, ni a la historia del arte musulmán ni a la del arte occidental cristiano ya que es un eslabón de enlace entre ambos; es un fenómeno singular del arte español. Según esta teoría acomodaticia, última tendencia que trata de resistir desesperadamente la identificación del mudejarismo con un movimiento artístico hispanomusulmán, los mudéjares serían algo así como extraterrestres, ni musulmanes ni cristianos, ni españoles ni árabes, en fin una excentricidad muy difícil de explicar o inexplicable en la que más de un ingenuo se puede ahogar si se zambulle en ella incautamente. Los partidarios de esta moderna teoría son legión con Gonzalo M. Borrás Gualis a la cabeza. El mencionado profesor de arquitectura española de la Universidad de Zaragoza llega a cuestionar incluso la denominación «mudéjar» en varios de sus ensayos: «Desde que en 1859 José Amador de los Ríos (1818-1878, escritor andaluz) utilizase por vez primera el término mudéjar aplicado a una manifestación artística en su discurso de ingreso en la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando de Madrid, pronunciado con el título de "El estilo mudéjar en arquitectura", no han cesado hasta nuestros días de producirse intentos de sustituir este término por otro por considerarse poco afortunada su formulación. En efecto, etimológicamente mudéjar deriva del árabe "mudaÿÿan", que quiere decir "aquel a quien se ha permitido quedarse", mudéjar es, pues, en este sentido, sinónimo de moro; y este carácter étnico del término aplicado a una manifestación artística no ha dejado de provocar reacciones en contra y graves confusiones de interpretación hasta el momento actual» (G.M. Borrás Gualis: El arte mudéjar, Serie de Estudios Mudéjares, Instituto de Estudios Turolenses, Excelentísima Diputación Provincial, Teruel, 1990).

Borrás Gualis es uno de los que apoya la moción de José María Azcárate. Este arquitecto español propuso en 1990 la sustitución del término mudéjar por el de «arquitectura cristiana islamizada». A pesar de los despropósitos de estos voceros de la capciosidad, son innegables las características y esencias musulmanas del arte mudéjar donde los elementos predominantes, tanto arquitectónicos como artísticos, son incontestablemente islámicos.

Es significativo que la gran mayoría de los especialistas en la materia del resto de Europa, británicos, franceses, suizos, alemanes e italianos, descalifiquen abiertamente a sus colegas españoles, reconociendo al mudéjar como un arte eminentemente islámico e incluso prefieran llamarlo moro o morisco. Ahora hagamos un repaso de los distintos componentes de la población de al-Ándalus y de la España cristiana.

Los mozárabes

Son muy numerosas en un principio, los cristianos llamados mozárabes por sus compatriotas musulmanes —término que viene de musta‘rab, es decir el "arabizado o seudoárabe" —, puesto que en todo asemejaban a aquéllos, ya que hablaban, se vestían y vivían, en suma de la misma manera; tan sólo eran distintos por la adscripción a otra religión.

El profundo respeto de la libertad religiosa contenido en la ley coránica permitió a los mozárabes gozar de una autonomía interna considerable. Administrativamente dependían de un "comes" de origen visigodo. La justicia se regía según leyes propias y los impuestos eran recaudados por un mozárabe, el "exceptor". Este espíritu de tolerancia hizo posible que mozárabes y judíos lograsen, sin demasiados obstáculos cargos en la diplomacia, el ejército y el propio gobierno musulmán. En dos terrenos se manifiesta claramente la singularidad del estilo mozárabe: arquitectura e iluminación de manuscritos.

Las características de las iglesias mozárabes, en las que se combinan elementos de la tradición visigótica con influjos musulmanes, son los arcos de herradura, los capiteles de tipo corintio y elementos de decoracióne esculturada. La miniatura mozárabe, proyectada por el arte islámico, está considerada como una de las escuelas más originales de todas las que en esta especialidad produjo el arte medieval. Sobresalen ejemplares como los ilustrados del "Comentario del Apocalipsis" de Beato de Liébana (monje asturiano muerto en 798). Entre otros miniaturistas y calígrafos mozárabes, destacan Magius y Florencio.

Podemos juzgar de la atracción ejercida por el Islam en los cristianos por una carta de 1311, que calcula la población musulmana de Granada en esa época en 200.000 habitantes, de los cuales todos menos 500 eran descendientes de cristianos convertidos al Islam (citado por Sir T. W. Arnold, The Preaching of Islam, Nueva York, 1913, pág. 144).

Los cristianos a menudo declaraban preferir el gobierno musulmán al cristiano (citado por S. Lane-Poole, Story of the Moors in Spain, Nueva York, 1889, pág. 47). Un autor cristiano de la época de Abderrahmán II, llamado Alvaro (siglo IX), en su manuscrito homónimo, dice lo siguiente:

"Mis correligionarios se complacen en leer las poesías y las novelas de los árabes: estudian los escritos de los filósofos y teólogos musulmanes, no para refutarlos, sino para formarse una dicción arábiga correcta y elegante. ¡Ay!, todos los jóvenes cristianos que se distinguen por su talento, no conocen más que la lengua y literatura de los árabes, reúnen con grandes desembolsos inmensas bibliotecas, y publican dondequiera que aquella literatura es admirable. Habladles por el contrario, de libros cristianos, y os responderán con menosprecio que son indignos de atención. ¡Qué dolor! Los cristianos han olvidado hasta su lengua, y apenas entre mil de nosotros se encontraría uno que sepa escribir como corresponde una carta latina a un amigo; pero si se trata de escribir árabe, encontrarás multitud de personas que se expresan en esta lengua con la mayor elegancia, desde el punto de vista artístico, a los de los mismos árabes" (De El manuscrito de Alvaro, en la España Sagrada, por Flórez, Risco, etc. 2da. edición, 47 vols., Madrid, 1754-1850, págs. 273-275. Citado por Reinhart Dozy, Historia de los musulmanes de España, Turner, Madrid, 1984, Tomo II, págs. 92 y 93).

Los muladíes

A partir del siglo VIII, muchos hispanorromanos y visigodos se convierten al Islam, y son denominados muladíes (del término muwallad "conversos"), si son descendientes de matrimonios mixtos, y musálima, si se han convertido por propia convicción. Estos últimos serán cada días más, quedando los auténticos mozárabes como una minoría. Estos muladíes, musulmanes como los árabes y los bereberes, se abrieron camino en la sociedad andalusí reivindicando su igualdad, en tanto musulmanes, con los árabes.

Los mudéjares

Dice el eminente arquitecto e islamólogo español don Leopoldo Torres Balbás que la palabra castellana «mudéjar» procede del árabe mudaÿÿan, cuyo significado es «tributario, sometido, el que no emigra y se queda donde está». Mudéjar es pues, el musulmán vasallo los cristianos que conservó su religión y costumbres. La palabra no se encuentra en textos del siglo XIII, pero sí en el XIV, y fue de uso frecuente en los sucesivos. Los cronistas de los Reyes Católicos designan siempre con ella a los musulmanes sometidos, nombrados también así en los documentos d ela cancillería real. Moriscos son los mudéjares convertidos, más o menos a la fuerza, sobre todo los de los reinos de Granada y Valencia. Mármol y Carvajal, al relatar la sublevación de 1569, distingue entre «Moriscos y Mudéjares, que moraban en la ciudad de Granada y en su Albaicín y Alcazaba, así como forasteros» (Luis del Mármol y Carvajal: Historia de rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada, en BAE, vol. 21, Madrid, 1946).

De atenerse a la estricta significación de la palabra «mudéjar» —dice Torres Balbás—, recibiría esa denominación exclusivamente el arte de los musulmanes que habitaban el territorio cristiano. Pero, el así conocido desde hace poco menos de un siglo, rebasa ampliamente la significación, pues abarca todas las manifestaciones artísticas realizadas en territorio cristiano en que aparecen huellas islámicas. En la inmensa mayoría de los casos son obras anónimas e ignorada por tanto la religión de sus autores. Las pocas cuya paternidad conocemos se deben, unas veces a musulmanes sometidos, es decir, a mudéjares; otras, a cristianos españoles influidos por el arte islámico y, en ocasiones, a artistas extranjeros venidos a la Península, sobre los que ejerció fuerte seducción el arte musulmán visto en ella, algunas de cuyas formas incorporaron a su anterior acervo. Teóricamente, existe un cuarto grupo en el que entrarían, si fuera posible aislarlas, la sobras hechas por mudéjares según normas totalmente occidentales, tan sólo clasificables como tales cuando se conserva documentación reveladora de la condición islámica de sus autores.

Arte morisco sería el de los mudéjares después de su conversión forzosa al cristianismo en 1502 en Castilla, y en 1526 en Aragón y Valencia. Excusado es insistir en la imposibilidad de separar las obras de influencia musulmana hechas inmediatamente antes, de las posteriores a esas fechas, es decir, las mudéjares de las moriscas, lo que, además, no tendría utilidad alguna, puesto que el cambio brusco de religión no supuso mudanza artística.

Aceptamos, pues, el nombre consagrado de «mudéjar» para todas las obras realizadas del mismo carácter de otros páises, como Berbería y la América española, derivadas de las mudéjares hispánicas. También pueden comprenderse bajo la misma denominación otras, como los modillones de cilindros tangentes y los arcos lobulados del románico francés; la bóveda de la cocina de la catedral inglesa de Durham (siglo XIV), y las proyectadas por el padre Guarino Guarini (1624-1683) en el siglo XVII para iglesias italianas (San Lorenzo de Turín y de los PP. Somascos en Mesina), cuyo origen hispánico es indubitable.

Según Torres Balbás, el bautizo de este arte motivó una disputa pueril entre dos arqueólogos de la segunda mitad del siglo XIX. Sostenía don Manuel de Assas haber sido el primero en darle el nombre mudéjar en un artículo del «Semanario Pintoresco Español», publicado el 8 de noviembre de 1857, mientras que el discurso académico en el que don José Amador de los Ríos se fundaba para sostener su paternidad era del 19 de julio de 1859. El nombre quedó consagrado y, a falta de otro mejor y más exacto, conviene aceptarlo (Leopoldo Torres Balbás: Arte almohade, arte nazarí, arte mudéjar, Ars Hispaniae —historia universal del arte hispánico—, vol. 4, Editorial Plus Ultra, Madrid, 1949, págs. 237-238).

Los elementos típicos del arte mudéjar son el uso del ladrillo, la cerámica y el yeso, la unión del arco ojival y el de herradura o lobulado, y las techumbres de alfarje y de lacería. Los artesanos también se destacaron en trabajos de taracea y herrajes.

Algunas de sus realizaciones más importantes se encuentran en Teruel (catedral de Santa María, e iglesias de San Pedro, El Salvador y San Martín), Zaragoza (torres Nueva y de San Pablo de la Seo). Toledo (iglesias de Santo Tomé y de San Juan de la Penitencia; sinagogas de Santa María la Blanca y del Tránsito) y Sevilla (iglesias de Santa Ana y de San Pablo; alcázar). Véase Miguel Angel Ladero Quesada: Los mudéjares de Castilla y otros estudios de historia medieval andaluza, Editorial Universidad de Granada, Granada, 1989.

Los moriscos

A partir de 1499, ocho años después de la caída de Granada, tuvo lugar una forzada conversión masiva de mudéjares, con lo que estos pasaron a ser calificados de moriscos (diminutivo peyorativo de "moros", del latín maurus y éste del griego mávros "moreno", "morocho", de allí Mauritania, Almoraima, "haber moros en la costa", "pinchos morunos", etc.).

El médico y escritor granadino Fidel Fernández Martínez (1890-?), escribe: «Con cuatro mil manuscritos granadinos, que forman hoy la mejor colección de Europa, empezó Felipe II la Biblioteca del Escorial. Y esto que, según cálculos imparciales, fueron muchos cientos de miles los que se destruyeron desde la Toma hasta que el cardenal Cisneros quemó en Bib Rambla las librerías de los moriscos (un millón veinticinco mil volúmenes, según Conde y el padre Echevarría)...En la Biblioteca de la Universidad de Granada hay un manuscrito árabe del siglo XIV, cuyos 138 folios son un estupendo comentario de Hipócrates y Galeno. Repasad los miles de documentos científicos árabes que allí hay, y convendréis conmigo en que fue muy superior la cultura médica de aquéllas gentes; superior, por lo menos, a la de los espulgadores timoratos que al coleccionar siglos después los códices para encerrarlos en la biblioteca, borraban sistemáticamente el nombre de Allah, o añadían frases como ésta, que se lee en el manuscrito 833 del Escorial: "Este libro no puede ser bueno porque cita muchas veces a Mahoma"» (citado por Antonio Enrique: Tratado de la Alhambra hermética, Edic. Antonio Ubago, Granada, 1991, págs. 69-70).

Esta presión se hizo más intensa aun después de la sublevación que protagonizaron con el liderazgo de Aben Humeya (Fernando de Valor) en las Alpujarras de Granada en 1568, duramente reprimida por el Habsburgo Felipe II (1527-1598) con el concurso de su hermanastro Juan de Austria (1545-1578). Véase Andrew Wheatcroft: The Habsburgs. Embodying Empire, Peguin Books, Londres, 1997. Antes de ser ejecutado, Aben Humeya apostrofó a Felipe II con las famosas palabras: «¿Sabes que estamos en España, y que poseemos esta tierra hace 900 años, y que tú ni siquiera eres español?».

Los moriscos acabaron convertidos en esclavos agrícolas. Se les prohibió la práctica de su religión, la observancia de las costumbres musulmanas e incluso el hablar o leer el árabe. Los moriscos entonces crearon la aljamía, lengua castellana transcrita en caracteres árabes, que practicaron secretamente. La nobleza de España, más germánica que española, obsesionada por la «pureza de sangre» y el miedo a una sublevación de los moriscos apoyada por el enemigo otomano, presionó al rey Felipe III para que procediera a la expulsión masiva de los moriscos. La operación se llevó a cabo entre 1609 y 1614.

Véase Pedro Longás: Vida religiosa de los moriscos, Madrid, 1915; Diego Cabanelas Rodríguez: El morisco granadino Alonso del Castillo, Granada, 1965; A.C. Hess: The Moriscos As Ottoman Fifth Column in Sixteenth Century, American History Review, 74 (1968), págs. 1-25; Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent: Historia de los moriscos, Alianza, Madrid, 1984; Dolors Bramon: Contra moros y judíos, Península, Barcelona, 1986; Abdeljelil Temimi (edit.): Las prácticas musulmanas de los moriscos andaluces (1452-1605), Publications du Centre d’Etudes et de Recherches Ottomanes, Morisques, de Documentation et d’Information (Ceromdí), Zaghouan, 1989; Francisco Márquez Villanueva: El problema morisco, Libertarias/al-Quibla, Madrid, 1991; Pedro Longás: La vida religiosa de los moriscos, Editorial Universidad de Granada, Granada, 1990; Míkel de Epalza: Los moriscos antes y después de la expulsión, Mapfre, Madrid, 1992; Antonio Gallego Burín y Alfonso Gámir Sandoval: Los moriscos del reino de Granada, según el sínodo de Guadix de 1554, Editorial Universidad de Granada, Granada, 1996.

Los judíos

Con la ignominiosa designación de «marranos» se identifica a los judíos y musulmanes conversos al cristianismo, y especialmente a los judíos conversos que seguían practicando la religión judía en secreto en España y Portugal en los siglos XV, XVI y XVII. En 1492, a partir de la caída de Granada, por decreto de los Reyes Católicos fueron expulsados todos los musulmanes y judíos que rechazaron la conversión forzosa. Estos últimos en número de trescientos mil (el 5% de la población total del país) se vieron obligados a emigrar a regiones más seguras. Unos ciento veinte mil cruzaron el tajo y se refugiaron en Portugal bajo la especulativa protección del rey Juan II el Perfecto (1455-1495), quien la concedía temporalmente a cambio de gruesas sumas de dinero.

Los judíos que se quedaron en la ocupada al-Ándalus junto con sus hermanos moriscos se convirtieron en «marranos» y debieron soportar todo tipo de vejaciones y atropellos durante los siglos posteriores. Entre 1678 y 1691, los judíos mallorquines, llamados chuetas o xuetas (voz catalana) —comunidad que hoy sobrevive orgullosamente—, fueron perseguidos implacablemente y sus bienes incautados.